lunes, septiembre 11, 2006

Un texto en homenaje a las víctimas de los atentados del 11-S de 2001

Era un día normal.

Papá planchaba las camisas, yo trabajaba en la computadora. Mi hermana y yo habíamos regresado a finales de agosto de las vacaciones.

De repente, papá avisa: se está incendiando una de las torres gemelas. Curioso. 12 días antes estábamos en Nueva York.

Las asociaciones. Sí, claro, hubo aquel hombre con una bomba, pero era fuego, nada más que fuego que salía según un canal de noticias mejicano.

Sigo en la computadora. Siguen saliendo las arrugas.

-Parece que se estrelló una avioneta contra la torre, repite mi padre lo que dicen los periodistas.

Otra explosión.

Un ataque, es un ataque. ¿Alcance, ramificaciones?

Nada.

Llamo a Miguelángel. Belkys, su madre, había viajado un par de días antes y estaba en Nueva York.

¿Qué pasa?

Colgamos el teléfono, Miguelángel se apresta a luchar contra la congestión en las líneas teléfonicas a ver si sabe algo (sus peleas constantes con belkys, cuando la mandaba a callar en plenas reuniones literarias, la corregía salvajemente o simplemente se burlaba por placer, todo había quedado suspendido).

En la ciudad, una Gabriela inédita para mí (no la conocería sino a finales de 2002), estaba sentada tratando de asimilar el desastre a pocas cuadras de su trabajo. Llena de polvo, protagonista de telenovela en desgracia, sola, desamparada y llena de polvo ve a un exnovio, Enrique. Un guiño subjetivo del destino que traza la microhistoria donde se escribía la Historia.

No me vio. Ni siquiera me ofreció un vaso de agua, me comentaría la Gabriela ya conocida.

Luego fue esperar y pensar en Duran Duran: Too much information. Y pocas certezas hasta el desplome de las torres y el comienzo de la dolorosa contabilidad de víctimas y desparecidos.

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